Con la serie Impublicables realizo un recorrido por el baúl de los desechos de mis poemas primerizos. Tienen la originalidad de ser sorprendentes para quien los escribió en su momento al no haberse enfrentado nunca al peligro que suponía encontrar las vísceras fuera de lugar y atraparlas con las propias manos para volverlas a encajar. Obras que se guardaron en el fondo de la memoria de un ordenador y en el olvido consecuente. Empecé a envenenarme muy tarde, a los 33 años, por lo que estos iniciáticos datan del año 2000. La suerte es que pude vivir una existencia pacífica hasta ese momento en el que alguien me atravesó y me utilizó. Para nada merecen un libro pero actuaron como bisturí de una transformación en mi interior. Aquí están.
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